2009-08-01

URGENTE, CIVILES DISPARANDO A MAPUCHES DE TEMUCUICUI

martes 11 de agosto de 2009
fuente:comunidad temu kuikui

Perfil de uno de los más sanguinarios personajes históricos que participaron, a fines del siglo XIX, en la ocupación del territorio mapuche del Gulumapu. Hoy, a más de un siglo de su muerte, un Grupo Paramilitar surgido e la zona de Malleco, IX Región, le rinde ributo a su nombre y su memoria.
Referirse al conflicto mapuche actual y al surgimiento de grupos armados de defensa patronal sin detenerse un poco y recordar la historia del célebre capitán del Cuerpo de Gendarmes de las Colonias Hernán Trizano, puede significar una verdadera falta de respeto a la ética y la rigurosidad propia del trabajo periodístico. Esto porque, quiéranlo o no reconocer algunos sectores políticos protagonistas del conflicto mapuche actual, la figura histórica del jefe de los temibles “paramilitares” de fines del siglo XIX y comienzos del XX se alza hoy como una referencia obligada tanto para simpatizantes como para aquellos acérrimos detractores de la renovada causa mapuche.
Para los primeros, se trataría de un protagonista no secundario en una larga historia de abusos y atropellos que hoy emerge tímidamente ante la opinión pública como la punta de un sumergido iceberg. Para los segundos, se trataría en cambio de un esforzado y valiente caballero andante, digno de admiración y respeto por parte de los hijos, nietos y bisnietos de aquellos colonos que su Winchester infalible ayudó a proteger en la zona sur a comienzos del siglo pasado. Hablamos de Pedro Hernán Trizano, un mercenario de ascendencia italiana, de baja estatura y bigote primorosamente bien cuidado, que combatió en Chipre, Rusia, la Guerra del Pacífico y finalmente en el Wallmapu contra los mapuches contrarios a doblegarse ante el Estado chileno tras finalizar la campaña militar de Ocupación de La Araucanía el año 1883.

Si bien su historia se inicia en Italia, parte importante de su “leyenda” comenzaría a forjarse a su llegada a Sudamérica en la segunda mitad del siglo XIX y tras enrolarse como soldado en las fuerzas militares chilenas que, bajo el mando del General Patricio Lynch y el financiamiento de acaudalados capitalistas ingleses, marcharon el año 1879 más allá de la frontera norte de Chile para tomar el control de los ricos yacimientos del salitre boliviano de Antofagasta. Allí, entre campañas de guerra sucia, saqueos a poblaciones indefensas, ajusticiamientos masivos de indígenas en el Altiplano y una que otra batalla ganada en buena lid frente a sus pares del Ejército peruano, se iría forjando la leyenda de este mercenario que llegaría a ser conocido más tarde como el “Bufallo Bill” chileno o “El gatillo más rápido” de La Araucanía. He aquí entones un repaso bastante abreviado de su increíble historia.

China, Rusia, Chile, Wallmapu
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, los planes de expansión territorial y económica de Chile constituían una de las principales preocupaciones de los gobiernos de turno. Las crecientes necesidades de materias primas en el naciente capitalismo europeo y la decisión política de las autoridades chilenas de “consolidar” de una vez por todas sus cuestionados límites territoriales, llevaron al gobierno de Aníbal Pinto a comprometerse de lleno con una campaña militar de ocupación del territorio boliviano y, principalmente, de sus ricos yacimientos de salitre natural existentes en el árido desierto de Atacama. En esta guerra de anexión colonialista, tal como la definen hasta nuestros días los textos escolares en Bolivia y Perú, destacaría la participación de numerosos mercenarios y aventureros extranjeros que –entusiasmados con el gran negocio del salitre- no dudaron en sumarse a las filas del ejército chileno y participar así de las campañas de invasión militar planificadas desde Londres en el suelo nortino. Uno de estos aventureros sería precisamente Hernán Trizano.
Por cierto, el interés de Trizano por participar de la Guerra del Pacífico no era para nada casual, ya que desde su temprana juventud había demostrado especiales aptitudes para la vida mercenaria. Tras cortos años en la Escuela Naval de Génova, pasaría a servir en un buque de guerra turco en el cual recorrería las aguas del Mediterráneo. Su camino aventurero lo llevaría más tarde a China, Rusia y de ahí finalmente a América. Su primer arribo en suelo americano lo haría en Argentina, en plena guerra civil, país donde ofrecería sus talentos militares al bando liderado por Bartolomé Mitre. Sin embargo, una vez derrotado este caudillo y tras comprobar Trizano que el cálculo respecto del desenlace de la contienda le había fallado rotundamente, decide huir a Chile con lo puesto como única forma de salvar su pellejo frente al bando de los vencedores que lo buscaba por cielo, mar y tierra para –cuando menos- ajusticiarlo.
La suerte, sin embargo, nuevamente acompañaría al genovés. Tras cruzar la cordillera de los Andes y al momento de su arribo, comenzaban en Chile los preparativos militares para la Guerra del Pacífico. Trizano, viendo vastas posibilidades de utilizar sus dotes mercenarias en esta otra contienda, no lo dudó ni un instante y de inmediato se alistó como soldado en el reforzado Ejército chileno. Partió al norte con el resto de las fuerzas y en su calidad de soldado regular le tocaría participar de gran parte de las campañas que a sangre y fuego permitieron al gobierno chileno la ocupación de Lima el 17 de enero de 1881. Según Enrique Bunster, durante la posesión de Lima, Trizano se dedicaría a practicar lo que sería posteriormente en tierras mapuches su afición favorita: la guerra sucia.
Bajo el mando del coronel Cornelio Saavedra, comandaría partidas de soldados que exterminaron en poco tiempo a los maltrechos soldados peruanos que –bajo la forma de guerrillas- aun se resistían a la ocupación de su territorio nacional por parte de los “endiablados” soldados chilenos, que era como se los denominaba en Perú por su reconocida afición a la “chupilca del diablo” (aguardiente con pólvora) a la hora de presentarse a los combates. Huelga destacar que diversos cronistas, de uno y otro bando, consignan esta campaña irregular comandada por Saavedra como una de las más brutales y sanguinarias de toda la contienda bélica.
Sin embargo y paralela a las sangrientas campañas de la Guerra del Pacífico, existía en la zona centro-sur del país otro gran problema para el militarista gobierno de la época. Se trataba del creciente fenómeno del bandolerismo rural. Este sería, según diversos historiadores, un grave problema social y político en el Chile de fines del siglo pasado, convirtiéndose en una verdadera plaga durante y después de la Guerra del Pacífico. En los hechos, el conflicto armado había movilizado a miles de hombres a través del territorio nacional, situación que generaría complejas tensiones sociales sobre todo en las zonas rurales del centro-sur del país. Ante la ausencia de campesinos –la mayoría enrolados a la fuerza como contingente de guerra o carne de cañón- los campos se fueron llenando paulatinamente de bandoleros y cuatreros sin dios ni ley, los cuales difícilmente podían ser contenidos por los cuerpos de Policía Municipal existentes hasta aquel entonces. Según el historiador de derecha Gonzalo Vial estos policías municipales “o eran impotentes para contener el bandolerismo o bien apenas se diferenciaban de los bandidos que decían perseguir”.
En 1878, el Partido Conservador denunciaba en el Parlamento que "el bandolerismo recorre organizada e impunemente nuestros campos y alarma nuestras poblaciones". Por ese motivo y en plena guerra nortina, las autoridades de gobierno crean en diciembre de 1881 el Cuerpo de Policía Rural, encargado de poner orden en dichas zonas donde solo reinaba hasta entonces el caos y la anarquía delincuencial. Este cuerpo estaba a cargo del gobernador y de una junta departamental, conformada por los dos mayores contribuyentes de cada departamento. Es decir, por los dos principales latifundistas del sector, considerando el peso que tenía por aquellos años la propiedad de tierra en los índices de riqueza de la aristocracia criolla. Este último hecho generaría serios reparos a la efectividad de dicha Policía Rural. Benjamín Vicuña Mackenna, por ejemplo, manifestaría incluso públicamente sus dudas respecto de una policía controlada tan directamente por latifundistas y autoridades locales de “dudosa” honorabilidad.
Decía Vicuña Mackenna en el Senado: "La condición en que están los campos en Chile, las costumbres de los grandes propietarios, la manera como se nombran los subdelegados -que son en casi toda la República verdaderos sátrapas, árbitros de vidas y haciendas y en cuyas manos se va a poner la dirección y manejo de esta fuerza armada- y sobre todo, la necesidad imprescindible que habrá de componer la policía rural de individuos sacados de esa clase social de donde salen los bandidos, son los hechos en que fundo mis temores....".

Sin embargo y pese a los reclamos del parlamentario, los Policías Rurales siguieron operando con relativa normalidad y éxito hasta el año 1883. Después de esta fecha, producto de la desmovilización de las tropas chilenas tras el fin de la guerra en la zona norte y la consolidación de la campaña de ocupación militar del territorio mapuche, esta situación de caos y anarquía volvería a adquirir nuevamente ribetes dramáticos en vastas zonas rurales de Chile, extendiéndose esta vez –y ante la impotencia de las autoridades- no sólo a la zona central, sino que principalmente a los recién incorporados fértiles campos de La Araucanía como una verdadera plaga sin control.

Para efectos de la guerra nortina, el gobierno había reclutado a la fuerza y enviado al frente de batalla a miles de presidiarios bajo la promesa de concederles la libertad una vez concluida la contienda. Sin embargo, esta promesa no fue finalmente cumplida por el gobierno y, gran parte de ellos, con entrenamiento y bastante experiencia en combate, se refugiaron en la zona de La Frontera que por entonces comenzaba también a ser colonizada a sangre y fuego. Una vez allí, estos dignos visitantes o se dedicaron lisa y llanamente al bandolerismo, el tráfico ilícito y el robo de animales, transformado la zona en una versión criolla del salvaje oeste norteamericano, o bien pasaron a integrarse de buena gana a las fuerzas irregulares mapuches, principalmente cordilleranas, que aun resistían en la modalidad de guerra de guerrillas los avances de la colonización chilena. Si bien la heroica resistencia mapuche a la invasión de su territorio había podido ser mermada por las fuerzas militares chilenas el año 1881 tras su derrota en la Batalla del Fuerte de Temuco, hacía el año 1883 las tierras de Lautaro estaban muy lejos aun de ser “pacificadas” por completo.

Nacen los Gendarmes de las Colonias
Concluida la Guerra del Pacífico, Hernán Trizano –ahora convertido en flamante oficial de ejército- se dirigiría al sur del país acompañando al Coronel Cornelio Saavedra en su nueva destinación militar. Si bien no le tocaría al genovés participar directamente de la guerra contra los mapuches -que finalizaría “oficialmente” el año 1883 con la refundación de Villarrica-, la misión que le había encomendado Saavedra en las tierras sureñas lo dejaría más que satisfecho: debía ayudar a menguar el bandolerismo en La Araucanía integrándose al Cuerpo de Policía Rural que operaba desde hace varios años sin éxito en La Frontera. Trizano, por cierto, cumpliría entusiasta la orden de su superior jerárquico y entre los años 1880 y 1896 se desempeñó como un eficiente Policía Rural, destacando frente al resto de sus camaradas de armas por su extremada sangre fría a la hora de hacer frente a sus eventuales y desdichados rivales.

Sin embargo y como dicho cuerpo policial no lograba avances tangibles en el combate contra el bandolerismo y los propios mapuches rebeldes refugiados en la Alta Cordillera, las autoridades comprendieron que había llegado la hora de tomar medidas mucho más drásticas al respecto. Para ello, el año 1896, el gobierno de la época comisionó al propio Hernán Trizano para formar por su cuenta un cuerpo especial de policías que sirviera como verdadera fuerza paramilitar en las zonas de Arauco, Malleco, Cautín, Valdivia y Llanquihue. Esta vez, sin embargo, sus principales objetivos no serían aquellos bandidos y cuatreros de poca monta que perseguía sin éxito la Policía Rural, sino principalmente aquellos grupos mapuches rebeldes que seguían combatiendo a las fuerzas militares chilenas en los campos de La Araucanía, poniendo en grave peligro tanto las explotaciones trigueras en la zona como la efectividad de una ocupación militar amenazada constantemente por nuevos conatos de sublevación indígena.

Trizano formaría entonces el "Cuerpo de Gendarmes de las Colonias", un grupo armado compuesto mayoritariamente por agricultores y ex militares (ex oficiales y suboficiales), supeditado al Ministerio de Relaciones Exteriores –esto por la gran cantidad de inmigrantes europeos que colonizaban la zona y exigían su debida protección del gobierno- y que sería recordado más tarde simplemente como “Los Trizanos”, en honor al primer apellido de su sanguinario jefe. Con el tiempo, este grupo se convertiría en una especie de Ejército Irregular al margen de las Fuerzas Armadas, con muchas atribuciones y con un infinito poder. La impunidad en sus acciones y las redes de protección a su alrededor que integraban personajes como el propio magnate triguero José Bunster, por aquellos años el principal financista de la colonización del territorio mapuche, convirtieron rápidamente a Trizano en un dictadorcillo siniestro y despiadado, un verdadero sheriff de La Frontera bajo cuya Winchester de repetición caían fulminados decenas de buscavidas, aventureros, bandidos, cuatreros, traficantes, borrachos y, principalmente, lonkos mapuches prófugos de la justicia militar de aquellos tiempos.
Cuentan historiadores que sus fusilamientos legales se sucedían a un ritmo de 50 personas al año pero las ejecuciones sin procesos las superaban por cientos. Para el año 1891, por ejemplo, cuando el gobierno de José Manuel Balmaceda hacia regir la ley marcial en todo el país por motivos de la guerra civil, Trizano aprovechando la impunidad que esta situación le brindaba, ordenó masacrar a 30 reos, entre mapuches rebeldes y bandoleros chilenos, con el expediente de la “Ley de Fugas” muy cerca de Temuco, ganándose rápidamente entre sus contemporáneos el apodo del “Búfallo Bill” chileno.
Sin embargo, tales abusos y el excesivo poder que ostentaba Trizano comenzó de a poco a incomodar a las propias autoridades. Es así como después de 15 años de abusos y atropellos, el gobierno presionado por la escandalosa reputación de arbitrario y tiránico que pesaban sobre el capitán y sus huestes, resolvió finalmente removerlo del cargo y deshacer para siempre a los Gendarmes de las Colonias. En su reemplazo entró a batallar directamente el Ejército, destinando las autoridades un escuadrón de Gendarmes, con efectivos de los regimientos de caballería, cazadores, lanceros, dragones y guías para combatir esta vez “legalmente” el bandolerismo rural. El propio general Emil Körner, célebre impulsor de la "prusianización" del Ejército chileno, dirigiría personalmente en 1906 la operación de fusión de los antiguos Gendarmes del Sur de Trizano y los del Ejército, constituyendo así un Regimiento de Carabineros, antecesor directo del actual Cuerpo de Carabineros de Chile, y que a poco andar se destacaría también por su participación en numerosas matanzas de obreros en la zona centro-norte del país.
Trizano, en tanto, moriría placidamente de muerte natural a los 66 años de edad en la ciudad de Temuco el año 1926, causando una gran conmoción en toda la población local, según consignaría profusamente el Diario Austral de aquella época. En su edición del 17 de abril de 1926, el decano de la prensa sureña y actual vocero de la derecha política y patronal en La Araucanía, en un gran titular anunciaría la triste noticia: "En la mañana de ayer, víctima de una larga enfermedad falleció en su hogar el capitán en retiro Hernán Trizano". Según se desprende del archivo histórico del matutino sureño, las manifestaciones de duelo y los honores militares hacia el difunto policía y "forjador del orden en la zona sur" se habrían de suceder en forma ininterrumpida por varias semanas. En su Edición Especial publicada el año 2001 y con motivo de su 85 Aniversario, el Diario Austral le rinde incluso un sentido homenaje calificándolo como "un hombre de gran energía que no conocía el miedo, que luchó siempre cuerpo a cuerpo y que nunca castigó a quienes se rendían o quedaban indefensos". Hasta el día de su muerte, Trizano recibiría una pensión del gobierno de 400 pesos mensuales por sus “valerosos” servicios a la patria.

Trizano en nuestros días
En la actualidad, no son pocas las instituciones -como el Diario Austral de Temuco- que siguen rindiéndole tributo a su memoria. Para Carabineros de Chile, por ejemplo, Hernán Trizano continúa siendo un “héroe nacional” que libró a La Araucanía del cuatrerismo e impuso hidalgamente la ley y el orden en lo que hasta entonces no era más que un desolado y temido Far West. En el sitio web oficial de Carabineros de Chile, específicamente en el relato de su Historia Institucional, los actuales guardianes de la ley y el orden no escatiman elogios para con la vida y obra de su insigne antecesor:
"En esa última etapa resalta el heroísmo y la hidalguía, rodeada de leyenda, del capitán de húsares don Hernán Trizano Avezzano, un oficial del Ejército que consolidó en memorables episodios el orden y la ley en el sur del país, donde los cuatreros y otros delincuentes eran el azote de esforzados colonos. Ante él y sus bravos jinetes sucumbieron avezados delincuentes, lo que permitió que una fértil región de nuestro territorio pudiera contribuir al desarrollo de nuestra economía y al progreso general del país. Esos valientes combatieron la delincuencia con singular éxito y se hicieron merecedores del aprecio, admiración y gratitud de los ciudadanos. Arauco, Malleco, Cautín, Valdivia, Llanquihue y Chiloé, provincias que hoy constituyen nuestras regiones Octava, Novena y Décima, fueron liberadas por Trizano y sus hombres de las montoneras formadas por antisociales e indígenas sin ley ni dios”, señala el sitio web policial.
Tanta “hidalguía” de los Trizano destacada hoy por la institución policial no concuerda sin embargo con los registros que destacados historiadores guardan a la vez de su memoria. “La policía de ese tiempo era una docena de seres andrajosos, sin uniforme, solamente reconocibles por su aire insolente y un quepi blanco, azul, tojo o negro… Su sueldo era de 17 pesos al mes, que rara vez se les pagaba. Por esto, buscaban la forma de subsistir por sus propios medios. Cuando uno se retrasaba en la noche al volver a su casa, debía preparar el revolver y cambiar se acera cuando divisaba a un policía”, consigna Jorge Pinto, destacado historiador de la Universidad de La Frontera.
Así y todo, numerosas calles, avenidas e incluso edificios públicos recuerdan hoy en día el nombre de este diminuto pero sangriento jefe de la policía rural. Actualmente un monolito de Hernán Trizano levantado en la céntrica Avenida Balmaceda de Angol recuerda para las nuevas generaciones de colonos su triste memoria. Sin embargo, también hay quienes gustan de recordarlo más allá de la frialdad de los monumentos oficiales. Es el caso de los miembros del Comando Paramilitar Hernán Trizano surgido el año 2001 en la zona de Malleco, uno de los epicentros claves del conflicto mapuche actual y –¿casualidad del destino?- otrora escenario predilecto de las correrías del capitán mallequino en su intento por pacificar a sangre y fuego las fértiles tierras del entonces llamado “Granero de Chile”.

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